Nada más triste que cerrar la puerta de algo que amas sin saber cuándo la volverás a abrir. El dos de agosto del año 2015, cerré la puerta de mi apartamento por última vez. Recuerdo todavía el sonido de la cerradura trancando la puerta y cómo golpeó en mi corazón; cada "trac" retumbaba dentro de mí como madera cayendo porque sabía que por mucho tiempo no volvería a estar en mi hogar tan cómodo, amplio y hermoso, el logro de años de trabajo de mi familia. Era un apartamento de 200 m², con una terraza amplia donde teníamos el televisor y todo un sistema de proyección, porque somos amantes del cine. Tres habitaciones grandes con camas matrimoniales, tres baños pequeños y la particularidad de ese departamento era que tenía dos niveles: arriba con todo lo que les señalé, y abajo, una sala grande con salida a los jardines del edificio que nunca le dimos mayor utilidad hasta que se me ocurrió plantearle a mi esposo hacer un muro de escalada para regalárselo a las hijas. Sí, un muro de escalada, algo muy loco para una familia común; pero resulta que la escalada es la base de esta historia de migrantes.Así comienza esta interesante historia de una típica familia venezolana que se vio obligada a emigrar, como tantas familias de ese país, en busca de oportunidades que ya no existen en Venezuela.