Siempre he sido de sueños recurrentes pero olvidadizos, siempre he sido de conversaciones largas conmigo mismo donde soy crítico y fan de mi vida, siempre he sido de los que mira al cielo y habla, pensando que lo oyen, y no importa quién, solo importa que sé que en el más allá de mis ojos algo conversa en silencio conmigo, algo que no quiero descubrir, pero que me fascina la idea de darle rostro y conocer su nombre. Un día, cayendo el sol por un costado y empezando a brillar La Luna por el otro, decidí darle cara a mi mejor oyente, darle nombre a mi única fan, y pedirle que me regalara una noche, aunque sea una sola, donde poder hablar con alguien que supiera mis verdades y se riera de mis mentiras. El cigarrillo en mi mano se consumía, mi mirada al cielo se hacía más intensa y aguda, mis oídos se hicieron más sensibles atentos a una respuesta, mi fe se hizo fuerte y mi locura le decía adiós a mi cordura pensando que ella era quien no dejaba que esa conversación se diera. El sol se iba ocultando cada vez más, los rastros se sus últimos destellos se perdían a lo lejos, y justo, al desaparecer el último de ellos, sentí en total silencio una voz que murmuraba a mi oído palabras que no entendía, pero en mi mente se traducían impecablemente. La conversación empezó, no me presenté pues ella sabía perfectamente quien era yo, ella nunca dijo su nombre, y al final para qué quería yo saberlo, en ese momento era lo menos importante. Noté su mirada un poco perdida viendo el horizonte, con notas de nostalgia que a su vez se convertían en lágrimas bajando por su rostro, su propia luz atravesaba cada una de ellas y en mi cara se fueron formando múltiples arcoíris pequeños que se desvanecían al mismo tiempo que sus lágrimas iban cayendo, ahí entendí esas pequeñas lloviznas que ocurrían muy frecuentemente al anochecer.