―Jamás hubiera podido creer a quien me pronosticase los cambios ocurridos en este lugar durante los diez últimos años ―dijo Jo a su hermana Meg. Con orgullo y satisfacción ambas dirigieron una mirada a su alrededor. Luego tomaron asiento en uno de los bancos de la plaza de Plumfield. ―Asà es. Son transformaciones debidas al dinero y a los buenos corazones ―respondió Meg―. Tengo la convicción de que el señor Laurence no podÃa tener mejor monumento que ese colegio, debido a su generosidad. Y mientras esa casa exista perdurará la memoria de tÃa March. ―¿Recuerdas, Meg? Cuando niñas creÃamos en las hadas. Incluso estábamos preparadas para pedirle ―si se nos aparecÃa una― tres cosas. Las que yo querÃa pedir las he logrado: dinero, fama y afectos ―dijo Jo, mientras componÃa su peinado con un gesto que ya de niña le era caracterÃstico. ―También se cumplieron mis peticiones y las de Amy. SerÃa completa nuestra dicha, como un cuento de hadas, si mamá, John y Beth estuvieran aquà ―la emoción quebró la voz de Meg. ¡Quedaba tan vacÃo el sitio de la madre! ...