Fue un placer para el doctor Watson verse de nuevo en la descuidada habitación del primer piso de la calle Baker, que habÃa sido el punto de arranque de tantas aventuras extraordinarias. Miró a su alrededor, fijándose en los mapas cientÃficos que habÃa en la pared, en el banco de operaciones quÃmicas comido por los ácidos, en la caja del violÃn apoyada en un rincón y en el recipiente de carbón, donde se guardaban en otro tiempo las pipas y el tabaco. Por último, sus ojos fueron a posarse en la cara fresca y sonriente de Billy, el joven pero inteligente y discreto botones, que habÃa contribuido un poco a llenar el hueco de soledad y de aislamiento que rodeaba la figura sombrÃa del gran detective. -Parece que aquà no ha cambiado nada, Billy. Y tú tampoco cambias. ¿Se podrá decir de él lo mismo? Billy dirigió la mirada llena de solicitud hacia la puerta del dormitorio que estaba cerrada, y contestó -Creo que está en cama y dormido. Eran las siete de la tarde de un encantador dÃa veraniego, pero el doctor Watson se hallaba lo bastante familiarizado con la irregularidad del horario de vida de su viejo amigo para experimentar ninguna sorpresa por ese hecho.