El tiempo pasa inexorablemente por mucho que uno intente que así no sea. Días, semanas, meses y años van desfilando delante de nosotros sin que se pueda hacer nada por detenerlos y atrás se quedan nuestros más queridos recuerdos, amores que no fueron más que espejismos, personas de todos los tipos con las que hemos perdido el contacto, juegos a los que ya no juega nadie, y miles de alegrías que nos reportaba el tiempo, seguros de que así habría de ser por siempre. ¡Cuán equivocados estábamos! Y ahora, varias décadas después, nos damos cuenta de que la vida se nos ha pasado en un abrir y cerrar de ojos, que no hemos podido aprehender nada, que lo que nos queda, desgraciadamente, se nos habrá de ir a la misma velocidad y así, un día cualquiera de cualquier año, la muerte nos estará esperando sin ni siquiera habernos percatado de que siempre está ahí, al acecho, preparada siempre para llevar a cabo su cometido. Este libro va de eso: de la fugacidad de la vida, de lo que dejamos atrás, de recuerdos, de besos que dimos y ahora poco o nada significan, En definitiva, este libro va de la nostalgia, esa vieja amiga que nunca se aleja demasiado cuando la vida cubre de otoño nuestras sienes.