La Llorona, alma en pena que aterroriza buscando la paz, sufre los tormentos de sus malas decisiones y la injusticia de una sociedad que la juzgó sin medida. Por otro lado, Cattalina, joven madre soltera, llena sus vacíos de afecto con una promiscuidad enajenante y hueca, pese a su última conquista que, en apariencia, le ama con sinceridad. Junto a ella, su hija Dillany, de nueve años, paga en silencio los excesos de Cattalina y llora ante la soledad de cada día, aunque tiene claro el amor incondicional de su madre. Amiga íntima de Cattalina es Mónica, joven extrovertida y cercana a Dillany, lleva el dolor de una historia familiar donde, con todo y sus pobrezas, el mayor sufrimiento ha sido el creerse rechazada por su mamá. Y en medio de ellas, aparece Querima, una niñita intimidante de apariencia y conductas extrañas recién llegada al barrio de calle Canto; se convierte en la mejor amiga de Dillany, al extremo de ser casi su sombra, en una relación enfermiza y peligrosa dada la naturaleza de su alma herida, pues, según afirma, su mamá la odia, tanto como ella misma dice amarla u odiarla en alternancias emocionales fronterizas con graves desequilibrios mentales. Así el panorama, cada una de estas mujeres va narrando, desde su propia óptica, los acontecimientos de calle Canto que desembocaron en la madrugada del 15 de agosto, en la celebración del Día de la Madre, cuando, inevitablemente, tuvieron el encuentro más pavoroso de sus vidas con la criatura doliente más peligrosa de todos los tiempos: la Llorona. Estos hechos serían vitales para el futuro de cada una de estas mujeres, como lo constata la misma Dillany en su diario personal del año 2032, cuando ella narra, en su haber, el inicio de una vida que, al menos para ella, Cattalina y Mónica, valió la pena vivir hasta el final.