Cuarenta años dominando la consciencia. Ni un solo día dominando la soledad.
Tisha tiene sesenta y seis años, un matrimonio de silencios compartidos y una disciplina que le permite existir en múltiples planos de consciencia simultáneamente. Durante cuatro décadas ha enseñado a otros a ver a través del espejo de obsidiana una práctica que transforma, que hiere, que revela lo que preferiríamos no saber.
Sus estudiantes se transforman: Gabriela, cuyas manos pasaron de matar a mecer a su hija Luna. Karina, que dejó de ser nadie para convertirse en Catalina. Rodrigo, que aprendió a construir una familia desde los escombros.
Pero Tisha no puede aplicar a sí misma lo que enseña. Cuando su hijo Jorge intenta tender un puente, ella elige la práctica sobre la sangre. Cuando Sara le pregunta qué dejará atrás, Tisha descubre que reconocer el patrón y romperlo son cosas distintas.
La novela culmina donde el control se convierte en arte: un mandala pintado desde la celda de una prisión, la geometría de una vida entera condensada en líneas y color. No hay redención. Hay transformación de forma.
Tisha es una meditación sobre el precio de la maestría, la diferencia entre enseñar y vivir, y lo que queda cuando el espejo finalmente te devuelve la mirada.