Un testimonio poético, crudo y profundamente íntimo que transita los límites entre la experiencia clínica, el cuerpo enfermo, y la palabra como forma de resistir y reconstruirse.
La autora nos sumerge en un trayecto donde el cuerpo que narra es un cuerpo que tiembla, que convulsiona, que se desconecta del lenguaje y de la voluntad, pero también un cuerpo que nombra, que busca ser nombrado: Alba es el nombre que me salva. En este sentido, el texto articula una lucha política por la identidad y la dignidad, en un entorno médico que muchas veces deshumaniza o presupone.
Recordar no es sólo volver, sino sobrevivir a lo que se recuerda, sin la garantía de un relato lineal ni de una cura. Alba, se vale de imágenes líricas -a veces surrealistas, a veces demoledoramente concretas- para nombrar lo innombrable: el miedo a la muerte, la precariedad económica, la ternura de los vínculos que sostienen, y el milagro cotidiano de seguir.
Las células de la promesa es una radiografía del alma cuando el cuerpo deja de obedecer, y un elogio a quienes sostienen, nombran y acarician incluso en el umbral de lo imposible.