Si ser profeta en tierra de uno es difícil, ser poeta en tierra de uno no lo es ni siquiera un poco menos. Porque la tierra de uno es también una metáfora y se refiere a todo y a todos, incluido uno mismo.
Más poemas y menos literatura, más alegría y menos terapéutica al ir escribiendo. Más temas, los mismos temas, otros temas, unos eternos, otros circunstanciales, aunque quizá los mismos recursos, los de siempre, afilados con la piedra del tiempo. El mismo prisma, o casi.
Sexo y conflictos de género, animalismo, feminismo, redes sociales, la progresiva puerilización y analfabetización de la mayor parte de las sociedades occidentales. Los memes, los megustas, el identitarismo enervado, lastimero y hostil. Los versos arremeten como arietes para el pensamiento.
También queda algo de espacio en los 52 poemas que componen esta edición para la lírica y las imágenes atronadoramente sencillas y bellas.
El inverosímil contorno de la garra del pensamiento aferrando la tierra, la tierra de uno, con la fuerza y la valentía, la imprudencia y la falta de decoro del poeta.